Ayer cuando fui a buscar a O. estaban todos los niños merendando y cuando les fueron a dar galletas, había dos niños que no podían comer las mismas que los demás. Uno "alérgico" a los huevos, otro a la leche. Y me puse a pensar lo que tiene que costar ponerse a leer todos los ingredientes de las cosas que comemos para no encontrarse mal. Sobre todo a los peques que ven que todos sus amigos comen cosas "buenas" y ellos no pueden.
Había una niña en mi colegio que era celiaca y había un montón de cosas que no podía comer. Yo recuerdo que no podía comer pan, ni sugus, ni galletas. Estas dos últimas cosas eran las peores para ella.
Es verdad que los alimentos vienen cada vez mejor etiquetados y hay menos problemas a la hora de comer en casa, pero cuando alguien con intolerancia o alergia a ciertos alimentos tiene que comer en un restaurante es un auténtico calvario, como mi amiga P. que tiene que preguntar a los camareros diez veces si no hay mostaza (y otras muchas cosas que su cuerpo no tolera) en lo que va a comer y lo peor es que si el camarero se equivoca puede acabar en el hospital.
Esperemos que los productos vengan cada vez mejor etiquetados y que todos vayamos tomando conciencia de lo difícil que puede resultar a esta gente el simple hecho de salir a comer con unos amigos.
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martes, 1 de abril de 2008
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